‘Tempestad’: La maldad cambia de nombre, pero sigue siendo la misma

5 junio, 2017
in Category: Entrevistas, Lo Nuevo
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‘Tempestad’: La maldad cambia de nombre, pero sigue siendo la misma

‘Tempestad’: La maldad cambia de nombre, pero sigue siendo la misma

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Por Alberto Acuña Navarijo / @LoungeyMartinis

Con una obra documental aún breve, pero con la que ya puede presumir una personalidad delineada y un pulso claro, Tatiana Huezo ha rescatado poéticamente historias anónimas relacionadas con la pérdida, el dolor, la muerte, la memoria, la maldad y el miedo. Así pues, El Lugar Más Pequeño (2011) se centró en un grupo de hombres y mujeres que rememoran cómo fue subsistir en Cinquera, un pequeño pueblo salvadoreño durante doce años de guerra civil, así como los efectos colaterales. Ahí se marcaron dos constantes para su trabajo posterior: los testimonios en off que le devuelven la humanidad a sus personajes y un virtuosismo plástico, en este caso con una cámara inquieta, registrando la cotidianidad de estas personas y su entorno, rehuyendo de una manida iconografía rural propia de escuela de cine.

Por su parte, Ausencias (2015) y Tempestad (2016) describen recorridos por un México ominoso, protagonizados por mujeres despojadas de su identidad y dignidad por un sistema inoperante, mientras que intentan mantenerse ancladas a la realidad. Mujeres que después de años siguen enviando mensajes al celular de su marido secuestrado con la latente esperanza de volverlo a ver, o que fueron absorbidas por el tráfico de personas.

El pasado martes 16 de mayo dentro de Derretinas, el programa especializado en cine de la barra Resistencia Modulada (en Radio UNAM 96.1 FM), quien escribe estas líneas y el titular de la emisión, Rafael Paz Esparza, tuvimos la oportunidad de conversar con Tatiana Huezo y su fotógrafo de cabecera Ernesto Pardo en torno a Tempestad –ya en cartelera–. La entrevista se dio horas después de los asesinatos de la activista Miriam Rodríguez Martínez y el periodista Javier Valdez, como funesto marco que una vez más nos recordaba que las historias de las protagonistas del filme –en la que una empleada de aeropuerto y una payaso de circo itinerante emprenden un periplo pesadillesco–; se reproducen, se acumulan y se pierden en la nada.

Aquí los momentos más destacados de la charla.

-Platíquennos del trabajo visual que se hace en Tempestad y esa especie de juego pictórico, en el que buscan que la narración en off de estas dos mujeres, se encuentren con el viaje que hacen ustedes con su cámara, el cual no necesariamente es el que emprendieron ellas. 

Tatiana Huezo: “Para mí, la imagen en una película es un elemento muy importante, el cual tiene que envolverte, atraparte; cuando uno va a ver una película se dispone a vivir la vida de otra persona. Entonces, en el caso de Tempestad, que es un road movie que cruza México de norte a sur, de Matamoros a Cancún como dispositivo para contar las historias de estas dos mujeres –Miriam y Adela–, la imagen la preparamos muchos meses atrás. Hicimos juntos este recorrido de más de dos mil kilómetros previo al rodaje durante varios días, a veces en camiones, a veces en automóviles que rentamos y por accidente nos tocó hacerlo en época de lluvias. Ahí nació el título de la película, y ahí también nació el clima, la atmósfera que arropa estas historias y que representa de alguna manera el paisaje interno de los personajes, la transformación emocional y psicológica que tienen después de haber vivido estas experiencias”.

Ernesto Pardo: “Hay un trabajo muy fuerte con respecto a la imagen en las dos historias, pero en la primera de ellas hay un trabajo que tiene que ver con lo sensorial. Como al personaje nunca lo vemos a cuadro, la idea de Tatiana era que la cámara mirara como éste, entonces trabajamos mucho en imaginarnos cómo miraría alguien que sale de la cárcel después de haber tenido una experiencia complicada y muy violenta; con qué ganas, con qué emoción, con qué miedo y con qué paranoia se sale de ahí. El trabajo fuerte fue construir esa mirada de alguien que carga todas estas emociones y encontrar esa misma mirada en el resto de la gente con la que nos cruzábamos durante el viaje y filmábamos. Creo que como fotógrafo ahí está la parte más interesante, porque no había un guión para estas secuencias, sino una sensación que había que transmitir”.

Tatiana Huezo: “La cámara tenía un reto que yo le transmitía a Ernesto: ser los ojos y el corazón de Miriam, quien es una mujer que viene del infierno, de la guerra, en la que vivió experiencias que la marcaron y le trastocaron su vida de una forma muy importante. Entonces Ernesto tenía que estar muy vinculado emocionalmente a lo que le sucedió al personaje para poder estar atento, tener la mirada muy ubicada y la intuición muy despierta en la búsqueda de esas imágenes que ella podía ver a lo largo de este retorno a casa, como los rostros, las posiciones de los cuerpos de la gente en los autobuses, los paisajes, las tormentas. Así que esperamos un año para poder rodar hasta que volviera la época de lluvias. Había un grupo de cinco meteorólogos de Boca del Río que nos guiaban, porque yo necesitaba un vendaval que golpeara la hierba y doblara los árboles para una escena culminante en el proceso emocional de uno los personajes, y así fuimos llegando a estos vientos de 80 kilómetros por hora, donde Ernesto casi salía volando con la cámara”.

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-Si bien a partir del aspecto visual se van contando y enlazando estas dos historias, también sirve como una muy contundente metáfora del estado de ánimo del país, su alienación y su inacción. De ahí que las personas que se van cruzando en los autobuses, los mercados, los hoteles, la carretera o las terminales en sí no tengan un rostro definido.

Tatiana Huezo: “Sí, esa es una decisión narrativa muy importante. Para mí era vital vincular la voz de Miriam porque a través de esta la queremos, la acompañamos y transitamos con ella todo lo que le sucede en esta experiencia. Según yo, mis intuiciones, mis deseos y mis choros mentales cuando empiezo a construir una película, esto iba a posicionar al espectador con la idea de que a cualquiera nos puede suceder lo mismo, todos estamos expuestos, somos vulnerables y podríamos ser pagadores. Como le dijo su abogado ‘Sabemos que eres inocente pero hay que rendir cuentas y alguien debe de pagar’. Igual en el caso de Adela, ya que hay miles de madres buscando a sus hijos desaparecidos.

Entonces ese era uno de los retos más importantes; poder formular un espejo en el cual mirarnos, porque eso fue lo primero que a mí me sucedió cuando encontré la historia de Miriam, quien es una amiga que conozco de hace muchos años. Ella y yo crecimos igual, empezamos jalando cables en el CUEC, y cuando nos rencontramos un año después que salió de la cárcel no podía siquiera mirarme a los ojos. Eso me confrontó contra mi propia fragilidad”.

-En un país en el cual la violencia se ha vuelto extremadamente cotidiana, da la sensación que hay una nueva búsqueda entre varios directores mexicanos que están optando por la poética para tratar de darle la vuelta al tema. Ahí están Las Elegidas o La Libertad del Diablo o Las Letras, por ejemplo. ¿Ustedes cómo asumen el hecho de llegar con otra historia de tónica similar?

Tatiana Huezo: “Es muy difícil de verbalizar esta suerte de inercia a la que nos hemos acostumbrado, este bombardeo de información e imágenes tremendas que de alguna forma nos han vuelto indiferentes frente al dolor del otro. Por ello nuestro deseo fue alejarnos de este vómito de cifras y aproximarnos al ser humano. Y en ese sentido creo que hay varias exploraciones muy importantes por parte de colegas que están trabajando con mucha fuerza y desde otras perspectivas”.

Ernesto Pardo: “Creo que la película es muy violenta pero hacia otro lado, no a partir de ver sangre, sino de lo que describen. Creo que en ese sentido se llega al espectador de una forma más profunda, es una estrategia para hacerle ver parte de las cosas que están ocurriendo en México”.

Tatiana Huezo: “Siento que es una película que le pide mucho al espectador. Las voces en off no están ilustradas de manera explícita; la imagen camina y está construida a partir de la evocación que se tiene a lo largo de este viaje. Por ejemplo, en algún momento paramos en un mercado en Veracruz, en donde venden pescado y en el cual todo se mueve muy rápido y representa de algún modo la vida en la cárcel que Miriam nos cuenta, donde la dinámica es muy caótica, en la cual existen tiendas, bares, prostitutas, tatuadores y un contador que va celda por celda cobrando la renta a los presos, acompañado de su séquito de cuidadores, y quien fue secuestrado para hacer tal trabajo. Lo curioso es que mucha gente que la ha visto me ha dicho ‘¿Cómo te dejaron entrar? ¿Cómo pudiste filmar esta cárcel con lo peligrosa que es?’. La evocación hace que tu cerebro como espectador se dispare hacia esos espacios aunque no los estés viendo y tus emociones, tus miedos y tus propios monstruos terminan de completar esas imágenes, esos pasajes por donde ellas transitan, algo por lo que apostamos fuertemente en esta película”.

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-Hay una secuencia en la que Adela va entrenando a las personas más jóvenes del circo, les va enseñando los movimientos, las rutinas, y queda la sensación de que el mensaje es que no hay forma de prepararse para un suceso de esta naturaleza.

Ernesto Pardo: “Existe un tema de impunidad brutal, que es uno de los aspectos centrales de los que habla la película. Los policías judiciales que se llevaron a Miriam y otras mujeres, así como el juez que las condenó, deberían de tener un juicio. Hay una cuestión de pedir cuentas, pero claro, es muy complicado que las cosas funcionen cuando el presidente del país no las rinde. Creo que eso es de los temas de los que habla la película y que nos llevan al lugar donde estamos ahora.

Por otro lado, hay algo que tiene que ver con el miedo que me parece muy interesante. Ellas viven con miedo después de lo que les pasó y en algún momento se lo sacuden e intentan seguir viviendo porque toda esta información, toda esta violencia que vemos todos los días en la televisión y los periódicos, de alguna forma nos siguen retrayendo para que no podamos hablar con el otro, no podamos organizarnos, no podamos compartir con la gente y creo que es una estrategia también del poder. Hace poco, por ejemplo, en la Colonia Narvarte repentinamente apareció un señor gritando con un altavoz una noticia sobre sangre, haciéndolo realmente para que lo escucharán toda la gente que estuviera en sus casas; es la violencia que nos ponen todo el tiempo para que tengamos miedo, y creo que hay una reflexión fuerte en la película”.

-¿Cuáles son las influencias en su trabajo? 

Tatiana Huezo: “De foto fija tenemos varias influencias, por ejemplo Robert Frank, quien tiene un libro hermoso que se llama The Americans, que es un viaje por el Estados Unidos de la post-guerra. Para Tempestad nos alimentamos mucho de sus imágenes. Y digamos que en general hay varios directores de documental, que en algunos casos también son fotógrafos, quienes me provocan, me inspiran y sigo mucho; como Raymond Depardon, Nicolas Philibert, Frederick Wiseman, la gente del cine directo de los años setenta”.

Ernesto Pardo: “También leímos mucho durante la preparación y el rodaje Océano Mar, de Alessandro Baricco, que es una novela muy chiquita, dividida en tres partes, y la parte de en medio habla sobre un naufragio y cómo el ser humano se convierte en animal. Lo hace de una manera muy cruda pero también muy poética; fue realmente una guía que siempre tenía cerca y, cuando me perdía un poco, me acercaba otra vez al libro”.

-Hemos hablado del tratamiento de la imagen y la necesidad de que nunca llegue a ser burdamente explícita. Ahora, ¿es el mismo tema el que te ha dictaminado en esta y tus anteriores películas cómo debe de ser abordado narrativamente y hacia dónde debes de moverte?

Tatiana Huezo: “En realidad es un proceso muy distinto con cada película. Tienen sus propios mecanismos. En el caso de Ausencias, Lulú es una madre que tiene a su hijo menor y a su marido desaparecidos, los secuestraron cuando iban rumbo al aeropuerto de Monterrey, entonces había un problema serio de seguridad para poder entrar a su vida cotidiana, por lo que el reto en la película era reconstruir simbólicamente, inventar el mundo emocional y sensorial, y representar su casa que está vacía. Así, empecé a buscar casas vacías, llenas de agujeros, grietas, con polvo, con huellas en las paredes de cuadros que ya no están para poder representar este mundo interno del personaje. Y una vez más el imaginario de quien lo vio terminó de completar lo que estaba faltando ahí. De hecho hay una crítica en donde el autor dice ‘Los muebles de la casa están llenos de polvo y las paredes parecen que tienen heridas’ y es curioso, porque en realidad no hay muebles.

También es importante mencionar que todo surge dentro de la investigación. Yo no sé irme a rodar una película sin antes haber vivido literalmente con los personajes, permanecido mucho tiempo con ellos y compartido parte de mi vida; que sepan quién soy, qué estoy buscando, siempre es la construcción de una relación, de una complicidad con la gente con la que vas a trabajar y con sus entornos. En el caso de El Lugar Más Pequeño, había una montaña que era muy importante a nivel narrativo, ya que es la tumba de toda la gente que murió en Cinquera, dentro de la guerra civil en El Salvador. Entonces yo diría que parto de los testimonios, de los personajes y de lo que les sucede a ellos, y a partir de esa exploración trabajamos mucho para ver cómo representar los espacios”.

Ernesto Pardo: “El trabajo con Tatiana consiste sobre todo en hablar de los proceso que viven los personajes, para entonces intentar aterrizarlos en imágenes, sensaciones, colores, contrastes. En el caso de Tempestad, sabíamos que era una película oscura, llena de nubes negras, donde el personaje mira como si estuviera dentro de una cueva. Llegamos ahí después de hablar sobre qué significa tener miedo, qué significa estar metido en un autobús escondido hasta atrás, también viendo cómo mencionábamos muchas películas, leyendo muchas cosas que nos gustan, que sentimos que tienen coherencia con el mundo de los personajes. Lo compartimos, lo hablamos mucho y a partir de ahí decidimos que va por ahí la línea en cuanto a la imagen”.

Tatiana Huezo: “Y también hay una construcción muy fuerte a nivel sonoro, porque el sonido tiene un poder sobre la sensibilidad del espectador. En las tres películas lo ha habido y en Tempestad creo que se fue a un nivel mucho más arriesgado. Por ejemplo los autobuses no suenan a tal sino a ráfagas de viento, a lluvia, a chicharras en la noche. Hay muchos sonidos que fueron buscados, los cuales se te van metiendo poco a poco; Lena Esquenazi hizo el diseño sonoro y, de la misma manera que trabajo con Ernesto, trabajo con la gente de sonido, que es la otra mitad de la película”.

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